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Imagen de la película "El sonido del trueno" Basada en este relato
El anuncio en la pared parecía
temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que
parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
SAFARI EN EL TIEMPO S.A.
SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS
ALLÍ, USTED LO MATA.
Una flema tibia se le formó en
la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los
músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba
lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante
el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo
regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el
oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su
guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si
usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares,
además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo
de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y
el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una
gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los
calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una
mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí
mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas
y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los
viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán
negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla,
huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los
cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se
devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como
cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca
muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al
comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación!
-murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera
máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección
hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados.
Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del
escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor
de las dictaduras. Es el antídoto, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual.
La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que
si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos
ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente
es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El
lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este
permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son
voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos
que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis
jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más
extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta
millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante
cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque
largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre
detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón
silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal
plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una
noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una
semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957!
¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y
probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento
almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y
bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro
hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance,
y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años
llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a
un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio
preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos
cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a
éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros
a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era
una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de
lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los
cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto
parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la
Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy
viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos
rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo
Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides
están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César,
Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con
movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis-
es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del
presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que
se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras
y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero,
instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros
del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un
metal anti gravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted
este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se
salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no
tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels.
Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y
había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de
color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro.
Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos
aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una
máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un
animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así
un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo
Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-,
digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las
futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las
familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno,
luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió
Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente
Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir?
Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león
muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres,
infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción.
Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde,
un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo,
sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha
aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón.
Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las
cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es
toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien
hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y
destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como
asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el
ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra
y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de
ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la
matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa
sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica.
Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su
huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca,
Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados
Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni
siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas
plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error
aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones
extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá
nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de
modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre
los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala
cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en
la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo
un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan,
tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe?
¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es
más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros
viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un
imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este
sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted
sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir
nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales
podemos matar?
-Están marcados con pintura
roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance
con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los
rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho
tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve.
Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se
ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el
segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el
costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de
modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de
aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca
volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta
mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros,
nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja
-habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que
se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se
hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese
salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con
nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber
si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos
nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida. Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con
brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era
alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para
siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire:
los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos
gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el
equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.-
¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
- ¿Dónde está nuestro
Tyrannosaurus?
- Lesperance miró su reloj de
pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con
él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare
hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de
la mañana.
-Qué raro -murmuró Eckels-.
Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith
es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que
nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas
aún.
-¡Levanten el seguro, todos!
-ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego,
Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes,
búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo
como un niño.
- Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la
niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de
gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien
hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de
distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre
patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de
los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero
contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón,
quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos,
encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla
de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y
acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados,
brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes,
mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una
tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la
boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban
en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la
boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un
lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas
de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes
pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas.
Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil
tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la
boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió
bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels
emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto
la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un
rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó
Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del
dinero.
-No imaginé que sería tan
grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en
el pecho!
El Lagarto del Trueno se
incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas,
embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que
todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no
se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió
Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos
guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he
encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-.
Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.
Eckels parecía aturdido. Se
miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos,
parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un
movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos
cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del
monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre
vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó
ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los
brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le
hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y
alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez.
El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del
reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y
ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para
acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas,
meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto
rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes.
Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris
negros.
Como un ídolo de piedra, como
el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se
abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero
de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo,
diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo
azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y
ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna
parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas
empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y
resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio.
Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron
en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los
rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara
abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al
Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a
Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los
otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los
cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno
podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las
cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último
instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba
para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una
excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las
cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el
equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos,
quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la
gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como
algo final.
-Ahí está- Lesperance miró su
reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía
caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores:
¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al
futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente,
de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él,
como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo.
Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de
pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de
metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina.
Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros
pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante
armadura.
Un sonido en el piso de la
Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo!
-agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo
dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el
brazo. -Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis
se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no
es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío!,
estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de
dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh,
condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la
licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de
barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó
Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien
mil dólares!
Travis miró enojado la libreta
de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está
junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto,
cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen
al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez,
con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió
lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas
y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos
más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las
manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el
suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a
eso - dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para
saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no
buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a
Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos.
Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se
paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No
hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo;
traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me
arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo
advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho
nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían
dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás
del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo
escritorio.
Travis miró alrededor con
rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo.
Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del
sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir.
No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-.
¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había
algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil
grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores
blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más
allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le
temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros
del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos
silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito
silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este
hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio...,
se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora,
no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros,
casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato.
El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había
leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había
cambiado.
SEFARI EN EL TIEMPO. S. A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS
AYI. USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una
silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo,
temblando.
-No, no puede ser. Algo tan
pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante,
verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una
mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa
exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios,
derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó,
y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo.
La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las
cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado.
Preguntó, temblándole la boca:
- ¿Quién... quién ganó la
elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador
se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy
bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos
un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-.
¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas.
Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a
sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos
llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de
nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos
cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis
preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.
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lunes, 11 de junio de 2012
El ruido de un trueno (Bradbury)
miércoles, 6 de junio de 2012
Casa tomada (Cortázar)
Portada del libro "Casa tomada y otros cuentos"
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y
antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de
sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno,
nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura
pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la
limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le
dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.
Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera
de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa
profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces
llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos
pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que
llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada
idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era
necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra
casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con
la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los
ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de
que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad
matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se
porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa
labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas
siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y
chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un
momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón
de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los
sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se
complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba
esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si
había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la
Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene,
porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el
tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se
puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda
de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina,
apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que
pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses
llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la
entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las
horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o
dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era
hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con
gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas
retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza
puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la
cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los
dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica,
y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán,
abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios,
y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el
pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la
casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y
seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la
puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la
impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse;
Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más
allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble
como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero
eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire,
apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y
entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con
plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo
en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias
inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y
de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo
hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que
llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El
sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o
un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo
después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la
puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de
golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y
además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la
bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su
labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la
parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por
ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de
Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los
primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con
tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose
tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de
brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar
el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el
almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos
porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al
atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio
de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un
poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a
revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el
tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en
el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel
para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y
poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude
habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de
la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a
veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por
medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los
mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores
domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las
hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza.
En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a
hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay
demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella.
Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los
dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta
pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche,
cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y
antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso
de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal
vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el
sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi
lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente
que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el
pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo
hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas
fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y
nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las
hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos
habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de
mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé
con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos
así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de
entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se
le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada
lunes, 4 de junio de 2012
El psicópata (O´Donoghue)
François Perrier
TÍTULOS Y CRÉDITOS
Pintura de pulverizador de
color blanco crudo sobre negro.
SOBRE: INTERIOR DORMITORIO. MAÑANA
PLANO CENITAL sobre PSICÓPATA
tumbado en la cama mirando al techo. Es rubio, bien parecido, alto y musculoso.
Lleva un calzoncillo negro y la palabra AMOR tatuada en un brazo, OÍMOS el
suave tictac de un despertador que hay sobre la mesilla.
Suena la alarma. Se incorpora
y lo apaga, VEMOS unas pastillas esparcidas sobre la mesilla.
La habitación está desordenada
y en mal estado. Hay un hornillo y unos cuantos muebles estilo Goodwill. Las
ventanas tienen las persianas rotas y carecen de cortinas. En las paredes hay
citas garabateadas sobre el amor: desde canciones de los Beatles {All You Need
is Love) a poemas de Robert Browning (O Lyric Love, Half Ángel and Half Bird,
And All a Wonder and a Wild Desire!). VEMOS algunas de estas citas en PLANOS
PICADOS Y CERRADOS. En una pared hay un calendario gigante hecho a mano con
días tachados. Estamos a mediados de febrero.
El psicópata se pone un
uniforme de combate improvisado, unas placas de identificación y unas botas
militares brillantísimas. Advierte una imperceptible mota de polvo en la reluciente
puntera de la bota y la quita cuidadosamente.
Arranca una tira de la sábana
y se la ata alrededor de la frente. Saca un maletín de aluminio de debajo de la
cama. Está lleno de armas de la tecnología más avanzada. Se sujeta una automática
al tobillo con cinta adhesiva, esconde una recortada de calibre doce en la
chaqueta, se llena los bolsillos de munición y coge un rifle de asalto.
El psicópata está preparado
para comenzar su jornada.
INTERIOR: PASILLO. MAÑANA
Mientras cierra la puerta con
la llave, el psicópata ve al LECHERO en el pasillo, que tiene un cartón de
leche en cada mano. Saca rápidamente el rifle y abre fuego. Los cartones de leche
explotan mientras el hombre cae al suelo.
El psicópata pasa por encima
del cadáver y se dirige a la calle.
EXTERIOR: CALLE. MAÑANA
Mientras baja por las
escaleras del portal del edificio, una bonita ESTUDIANTE DE INSTITUTO negra
pasa patinando por delante de él con los libros colgados del hombro. El psicópata
descarga una ráfaga que lanza a la joven contra los cubos de basura que hay junto
al bordillo y dispersa sus libros por la acera. Las ruedas de los patines giran
hasta detenerse. El psicópata pasa tranquilamente a su lado, observando un alto
edificio de oficinas que hay en la otra acera. Se dirige a la puerta de
entrada.
INTERIOR: EDIFICIO DE
OFICINAS, VESTÍBULO. DÍA
El psicópata cruza el
vestíbulo y entra en un ascensor vacío. Un NIÑO y una NIÑA entran detrás de él.
La niña le mira y sonríe. Él también sonríe. Las puertas se cierran y VEMOS
subir el indicador de pisos.
INTERIOR: ÚLTIMO PISO. DÍA
La campana suena mientras se
abren las puertas. El psicópata sale sin volver la vista atrás. Los niños yacen
en el suelo con los brazos y las piernas extendidas.
El psicópata desaparece tras
una puerta con un cartel en el que pone TEJADO
EXTERIOR: TEJADO. DÍA
El psicópata saca una mira
telescópica y la coloca en el rifle.
Se apoya firmemente contra el
pretil y apunta a una pareja de ancianos que hay en el parque. Por la mira
VEMOS al ANCIANO en el retículo dando de comer a las palomas. El disparo
ahuyenta a las palomas y el anciano se desploma sobre el banco.
La mira se mueve para apuntar
a la ANCIANA
EXTERIOR: CALLE. DÍA
DOS POLICÍAS están descansando
en un coche patrulla cuando se oye el segundo disparo.
EL AGENTE: ¡Vamos! El agente
pone el coche en marcha rápidamente mientras su compañera enciende la sirena.
EXTERIOR. EDIFICIO DE OFICINAS.
DÍA
El coche de policía derrapa y
se detiene. Los agentes entran en el edificio a todo correr, OÍMOS
esporádicamente lejanos disparos de rifle.
INTERIOR: VESTÍBULO. DÍA
Los agentes entran
precipitadamente en el vestíbulo, UN GUARDIA DE SEGURIDAD desconcertado sale a
su encuentro.
GUARDIA: Está en el tejado.
LA AGENTE: ¿Cómo podemos
subir?
GUARDIA (indicándoles el
camino): Por las escaleras de servicio.
INTERIOR: ESCALERA. DÍA
Los agentes suben por las
escaleras a todo correr con las pistolas en la mano.
El sonido de los disparos
esporádicos se oye más claramente. Los policías llegan al tejado y, apretándose
contra la pared, abren poco a poco la puerta.
EXTERIOR: TEJADO. DÍA
Rodeado de cartuchos vacíos,
el psicópata descarga ráfaga tras ráfaga a la confiada ciudad. No ha oído a los
agentes de policía, que sigilosamente se han colocado detrás de él.
EL AGENTE: ¡Alto ahí! ¡Suelte
el arma! El psicópata obedece.
Cuando el policía se acerca
para ponerle las esposas, el psicópata desliza la mano hasta el tobillo, saca
el arma que lleva escondida y lo mata. La agente dispara, pero falla. El
psicópata la hiere en el brazo. Ella trata de volver a las escaleras, pero él consigue
alcanzarle y ella cae por las escaleras.
INTERIOR: VESTÍBULO. DÍA
El psicópata sale, haciendo
caso omiso del guardia, que está encogido de miedo.
EXTERIOR: EDIFICIO DE OFICINAS.
DÍA
Pasa por delante del coche de
policía abandonado. Las puertas están abiertas y la luz de color cereza de la
sirena está dando vueltas.
EXTERIOR: CALLE. DÍA
Camino de su casa, se fija en
un par de conejos que retozan en el escaparate de una tienda de animales
domésticos y acribilla el escaparate a balazos, haciendo añicos el cristal.
EXTERIOR: EDIFICIO DE VIVIENDAS.
DÍA
Con aire cansino empieza a
subir por los escalones del portal. Ha sido un día muy largo.
INTERIOR: PASILLO. DÍA
Pasa por encima del lechero
con cuidado de no pisar los charcos de leche que se han extendido sobre el
linóleo del suelo.
INTERIOR: DORMITORIO. DÍA
El psicópata abre la puerta de
su habitación, entra y arroja las armas al suelo. Coge un pulverizador de
pintura y tacha el día que marca el calendario: 14 de febrero.
Sudoroso y agotado, se echa en
la cama. Con un PLANO CENITAL, lo VEMOS con la mirada clavada en el techo. LENTAMENTE
NOS ACERCAMOS al psicópata.
Cierra los ojos. Empieza a
oírse MÚSICA, un disco de Funny Valentine, antiguo y en mal estado.
INTERIOR: PASILLO. DÍA
En un PLANO CÁMARA EN MANO
nebuloso y en movimiento, VEMOS al lechero sufrir un espasmo.
EXTERIOR: EDIFICIO DE
OFICINAS. ESCALERAS. DÍA
Nos acercamos flotando a la
agente de policía. Sufre una convulsión, recupera el conocimiento y trata de
ponerse en pie.
EXTERIOR: PARQUE. DÍA
La pareja de ancianos empieza
a moverse.
INTERIOR: DORMITORÍO. DÍA
CERRAMOS EL PLANO sobre el
psicópata.
INTERIOR: PASILLO. DÍA
El lechero se pone en pie.
Pulsa el timbre del piso de la VECINA. Ella abre (es una mujer descocada de
cuarenta y tantos años) y le da un sonoro beso.
EXTERIOR: CALLE. DÍA
Un ESTUDIANTE DE INSTITUTO
negro y bien parecido vestido con una chaqueta deportiva universitaria recoge
los libros de la joven de los patines. Ella se sienta en el bordillo y se ajusta
un patín con cara de estar disgustada.
EL ESTUDIANTE: -¿Estás bien?
LA ESTUDIANTE: -Sí.
Él la ayuda a ponerse en pie
sin dejar de sostener los libros.
EL ESTUDIANTE: -Ya los llevo
yo.
INTERIOR: VESTÍBULO DEL
EDIFICIO OFICINAS. DÍA
Las puertas del ascensor se
abren y el niño y la niña salen cogidos de la mano.
EXTERIOR: BANCO DEL PARQUE. DÍA
El anciano da un abrazo a su
acompañante. Ella apoya la cabeza sobre su hombro.
EXTERIOR: EDIFICIO DE OFICINAS.
DÍA
El agente de policía mete la
mano debajo del asiento del coche, saca una caja de bombones satinada en forma
de corazón y se la entrega a su compañera.
INTERIOR: DORMITORÍO. DÍA
Primer plano de la cabeza del
psicópata. Sonríe.
EXTERIOR: TIENDA DE ANIMALES
DOMÉSTICOS. DÍA
Por la ventana rota, VEMOS,
además de un par de conejos, docenas y docenas de crías de conejo.
INTERIOR: DORMITORÍO. DÍA
DESCENDEMOS hasta las placas
de identificación que lleva el psicópata al cuello Y NOS ACERCAMOS PARA TOMAR
UN PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO. En ellas se lee: CUPIDO.
La MÚSICA acaba: «Cada día es
un día de San Valentín…»
FUNDIDO EN NEGRO
jueves, 31 de mayo de 2012
Cómo ocurrió (Asimov)
"Creación del mundo" Miguel Ángel
Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ése que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
- En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...
Pero yo había dejado de escribir.
- ¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
- Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
- No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)- Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?
- Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevo. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
- ¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.
- ¿Qué?
(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.) - Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarán cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes., ¿Quien va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?
Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:
- ¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
- Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
- ¿Qué te parecen cien años?
- ¿Qué te parecen seis días?
- No puedes comprimir la Creación en solo seis días -dijo, horrorizado.
- Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
- Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio...
¿De veras han de ser solo seis días, Aarón?
- Seis días, Moisés -dije firmemente.
Recordad que para este blog funcione hace falta vuestros relatos. Animaos a escribir.
Un saludo.
martes, 29 de mayo de 2012
El asesino (King)
"El asesino" Dibujo a tinta y plumín de Julian Troilo
Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quien era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
"¿Quién Soy?" - le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
"¿Quién soy? ¿Quién soy?" - gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. "¿Quién soy?" - le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
"¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!" - bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. "¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!"
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro...
Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. "Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando," dijo el guarda.
"No lo entiendo," dijo el segundo, rascándose la cabeza. "Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien."
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.
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